Un, Dos, tres... ¡Chocolate inglés!
Recuerdo aquellas tardes de verano en un pequeño pueblo del Pirineo. Por aquel entonces, no gozábamos de piscina, ni de campo de tenis, ni pista de frontón. Por no tener, no teníamos ni agua si no llovía. Todavía me canso cuando pienso en aquellas pesadas garrafas, compañeras a diario entre la fuente “de cuello de Hoz” y nuestras casas.
Rondaba el mes de agosto, un calor de 35 grados a la sombra, y nosotros en la calle. No se crean que nací en Atapuerca cuando no existía la televisión, simplemente, el aparato en cuestión pasaba a formar parte de un cacharro inútil más de la casa. No teníamos videoconsolas Playstation 2 con GPS y navegador pentium 675, pero nos desplazábamos en una BH color verde que fardabas igual o más. El único riesgo que causaba de vez en cuando eran los agujeros en las rodillas, pero como tatuajes para toda la vida no tienen precio.
El campo de fútbol consistía en un área de tierra con dos porterías improvisadas de ladrillos, claro que lo difícil era decidir dónde estaba el poste. Pero hasta las discusiones resultaban más divertidas. Normalmente se resolvían con alguna guerra de globos de agua, lo que servía para enfadar todavía más a tu madre por llegar chupido a casa y no saber dónde habías estado toda la tarde, y es que no existían móviles de última generación.
Después de cenar nos volvíamos a reunir con los amigos para jugar a “polis y a cacos”. Resultaba divertido esconderse en todo tipo de lugares como setos, cuartos viejos, sillas, árboles… cualquier sitio que evitase la famosa frase de “tú la llevas”. Pero ahí no acababa la diversión. Excursiones, meriendas improvisadas, juegos de chapas, la comba, el balón prisionero… y los días de lluvia, el monopoli y listo.
Yo nací en los 80. No crecí con los dibujos de los Pokemon, ni con las Nintendo 64. Pero me quedo con el un, dos, tres… ¡chocolate inglés!
