Monday, April 03, 2006

Un, Dos, tres... ¡Chocolate inglés!

Recuerdo aquellas tardes de verano en un pequeño pueblo del Pirineo. Por aquel entonces, no gozábamos de piscina, ni de campo de tenis, ni pista de frontón. Por no tener, no teníamos ni agua si no llovía. Todavía me canso cuando pienso en aquellas pesadas garrafas, compañeras a diario entre la fuente “de cuello de Hoz” y nuestras casas.
Rondaba el mes de agosto, un calor de 35 grados a la sombra, y nosotros en la calle. No se crean que nací en Atapuerca cuando no existía la televisión, simplemente, el aparato en cuestión pasaba a formar parte de un cacharro inútil más de la casa. No teníamos videoconsolas Playstation 2 con GPS y navegador pentium 675, pero nos desplazábamos en una BH color verde que fardabas igual o más. El único riesgo que causaba de vez en cuando eran los agujeros en las rodillas, pero como tatuajes para toda la vida no tienen precio.
El campo de fútbol consistía en un área de tierra con dos porterías improvisadas de ladrillos, claro que lo difícil era decidir dónde estaba el poste. Pero hasta las discusiones resultaban más divertidas. Normalmente se resolvían con alguna guerra de globos de agua, lo que servía para enfadar todavía más a tu madre por llegar chupido a casa y no saber dónde habías estado toda la tarde, y es que no existían móviles de última generación.
Después de cenar nos volvíamos a reunir con los amigos para jugar a “polis y a cacos”. Resultaba divertido esconderse en todo tipo de lugares como setos, cuartos viejos, sillas, árboles… cualquier sitio que evitase la famosa frase de “tú la llevas”. Pero ahí no acababa la diversión. Excursiones, meriendas improvisadas, juegos de chapas, la comba, el balón prisionero… y los días de lluvia, el monopoli y listo.
Yo nací en los 80. No crecí con los dibujos de los Pokemon, ni con las Nintendo 64. Pero me quedo con el un, dos, tres… ¡chocolate inglés!

Wednesday, March 22, 2006

Los jardines amarillos


Desde los grandes ventanales que dan luz a los largos pasillos del Hospital Militar de Zaragoza se pueden contemplar los jardines amarillos. No es que estén adornados con rosas de este color, ni tampoco se les conoce así porque el otoño viva de forma permanente en ellos. El paso del tiempo es el responsable de este paisaje transformado. Lo que en su día fueron jardines plagados de flores, fuentes y bonitos bancos de piedra, constituyen hoy un paraje inhóspito y escalofriante que asemeja a los exteriores de las casas encantadas. Esas que aparecen en las películas de Ámenabar con fantasmas y todo.
Los jardines amarillos tienen su utilidad. Entretienen a los pacientes que esperan los interminables turnos a las puertas de las consultas de dicho hospital. Creo que ya saben de lo que estoy hablando. ¿A quién no le ha tocado alguna vez perder una mañana en esas salas hacinadas de gente? ¡Si en el camarote de los hermanos Marx había más espacio libre!
¿En qué día estamos: lunes, martes, miércoles...? En un hospital la diferencia es nula. Es como un centro comercial en rebajas y en pleno sábado, pero entre semana, claro. Personas y más personas aguardan de pie en una búsqueda inútil por una de las rígidas butacas marrones de la sala de espera. Su mismo nombre lo indica, espera. Naturalmente no dice hasta cuándo. Si les propusieran cambiar el nombre yo apostaría por las salas amarillas. Sí, sí, como los jardines. ¿No se encuentran acaso abandonadas? Dan ganas de decir: “Eh, que estoy aquí, me duele la cabeza pero a lo mejor dentro de dos horas ya se me ha pasado”.
Pero nadie se percata de tu presencia. Batas blancas circulan de un lado para el otro como la línea del 42 en hora punta. Una fila de soldados aguarda para recibir alguna vacuna de última hora antes de partir a una misión humanitaria. Una paciente aquejada de dolor de espalda y “cliente habitual” del servicio aconseja a otra mujer que no se fíe de los carteles que indican cuál es el procedimiento para recibir atención médica. Una megafonía acatarrada recita uno a uno nombres inteligibles acompañados de números, que por su extensión parecen códigos de barras. Y, sin embargo, resulta chocante ver cómo los acostumbrados y los no tanto a los vaivenes de la Seguridad Social caminan en dirección a la salita que se les ha indicado en recepción. Son escenas de la vida cotidiana que suceden a diario junto a los jardines amarillos.

Gallinas no, por favor

Para la mayoría de las personas la gripe es una molesta compañera durante el invierno. ¿Quién no la ha padecido alguna vez? Los ojos lloran sin parar, la nariz se convierte en un pimiento de huerta y nuestra cabeza sufre auténticas batallas en su interior. La gripe afecta todos los años a unos 40 millones de personas. ¿Increíble verdad?
Pero la gripe que está causando graves trastornos y que está dejando en vilo a los científicos desde hace unos meses es otra. La temida gripe aviar abre diariamente las portadas de los principales periódicos europeos. Los casos infectados por la llamada cepa H5N1 comenzaron a aparecer en el continente asiático, pero el pánico surge cuando países como Francia, Dinamarca, Grecia, Alemania o Suiza (el último) han puesto el grito en el cielo.
La “psicosis aviar” se apodera más rápidamente de los ciudadanos que el propio virus de los pobres pollitos. Hace unos días me comentaba un amigo que su madre todavía no compraba carne de ternera por el casi olvidado caso de “vacas locas”. Ahora tampoco quería comer carne de pollo ni pavo. Mi amigo se lamentaba por acabar siendo vegetariano a la fuerza. Pobrecillo, la de chuletones que se está perdiendo.
No pretendo restar importancia a lo que muchos científicos han calificado como la “posible pandemia del siglo XXI” pero la alarma social me parece exagerada. Al fin y al cabo todos los alimentos que tomamos contienen sustancias no demasiado salubres. Y que sepa yo no nos quejamos. Es más nos autoproclamamos desarrollados en la medida en que aumenta el número de restaurantes de comida rápida. ¿Es que acaso en estos centros no puedes “pescar” una gripe?
Yo no sé si los occcidentales estamos a salvo o no de la “gripe del pollo” pero quizá este virus no se diferencie mucho de sus compañeros y al igual que éstos llegan y se van, éste siga el mismo camino. Y así, tal vez algún día este virus asesino se convierta en presa de nuestro sistema inmunitario y pase a formar parte de las fastidiosas, pero inofensivas gripes invernales.

Un poquito de por favor

“Aquí no hay quien viva” llega a Europa. Esta pasada semana los productores de la serie más vista por los españoles han vendido la exclusiva a países como Italia o Francia. Así que vamos a conquistar el viejo continente con vecinos alocados y porteros con aspecto de drogadictos reclamando “un poquito de por favor”. Claro que, para la réplica de “radio patio” la cosa tiene su miga. ¿Acaso creen que es tarea fácil llevar en la sangre la vena cotilla de estas tres mujeres? ¿Y qué será de la frase “Váyase señor Cuesta, váyase” ? ¿ Se sustituirá por “Go out, Mr. Incline”, go out ? La cosa pierde su gracia.
Pero dejando las malas traducciones fuera, me alegro de que esta vez la idea sea copiada por otros. Tradicionalmente la ficción española se ha limitado a crear marionetas de series estadounidenses. Upa Dance y sus bailarines adolescentes copiaron hasta la carátula de la ochentera Fama. Y no hay mucho más que decir de Hospital Central, que además de formar parte del selecto grupo de series hospitalarias, ha querido reflejar en el doctor Vilches al Clooney más seductor de la primera temporada de Urgencias.
De todas formas, y aunque parece que la ficción española está de enhorabuena (no hay más que ver a los chicos de Siete Vidas y sus siete años en antena), lo cierto es que la calidad de las teleseries americanas sigue siendo superior. Los temas se tratan con un humor muy distinto al español. Quizá se deba a las cifras millonarias que se ponen encima de la mesa. Me explico: rodar un capítulo de Los Serrano cuesta unos 120.000 euros. Un actor de la popular serie Friends cobraba más de un millón de euros por episodio. ¡Y eran seis los intérpretes! Con esta cifra en mi nómina también me saldría humor inteligente.